jueves, 20 de septiembre de 2012

Pero, ¿El progreso existe de verdad en nuestra sociedad?

La idea de sentido común de progreso parece autoevidente, y ha ido evolucionando con los siglos. Sus orígenes intelectuales se remontan muy atrás en el tiempo, y desde su nacimiento, allá en la antigüedad, la noción se ha vuelto tremendamente influyente. Es la fe que hace funcionar nuestra civilización (Dawson).
El concepto de progreso, alivia la tensión permanente entre lo que la gente tiene y lo que querría tener, entre lo que son y lo que querrían ser, y lo hace proyectando la esperanza de un mundo mejor en el futuro, y afirma que su venida está asegurada, o que al menos es probable. El mundo cree hoy en el progreso, porque la única alternativa posible a la creencia en el progreso es la desesperación absoluta (S. Pollard).
Las primeras raíces de la idea de progreso pueden encontrarse en la antigüedad griega, donde se percibía el mundo en un proceso de crecimiento pasando por etapas (épocas) y produciendo avance y mejora (Platón en Las Leyes. Aristóteles en su Política. Protágoras detalla el progreso en la cultura). La segunda fuente del concepto (del progreso), la encontramos en la tradición religiosa judía, donde los profetas y las profecías dan una imagen sagrada de la historia, guiada por la divina providencia. 
Un cambio interesante de la idea de progreso se produce cuando llega la era de los descubrimientos geográficos, donde se hace evidente la tremenda variedad de formas sociales en las distintas partes del mundo. Variedad debida a los diferentes estadios de desarrollo o de progreso que algunas sociedades han alcanzado. La larga historia del partidismo etnocéntrico (euro-centrismo o americo-centrismo) típica de la mayoría de las teorías de cambio social, comenzó en ese momento. La época de la Ilustración aportó numerosos matices nuevos. Inmanuel Kant  proporcionó un sugestivo criterio de progreso, donde el significado y la dirección de la historia están marcados por el crecimiento de la libertad individual que es frenada al sentirse amenazada la libertad de otros.
Llegamos al siglo XIX, denominado como la “Era del progreso” por unos, y como el “triunfo de la idea de progreso” por otros. Este espíritu romántico del progreso es acompañado por la creencia en la razón y en el poder humano. La ciencia y la tecnología parecen portar la promesa de una expansión y un avance ilimitados. Tal clima intelectual encuentra reflejado en el campo recién nacido de la sociología. Saint-Simon y A. Comte se concentraron en el progreso del espíritu. Herbert Spencer subsumió el crecimiento y el progreso bajo el principio común de la evolución. Karl Marx bosquejó la utopía de la sociedad comunista, movimiento hacia la sociedad sin clases. Max Weber se dio cuenta de la poderosa tendencia hacia la racionalización de la vida social y la organización social y consideró esta la dirección principal en la que se mueve la sociedad. Émile Durkheim señaló la creciente división del trabajo y la integración de la sociedad concomitante a través de la “solidaridad orgánica”. Solo con el trabajo de Ferdinand Tönnies aparecen las primeras dudas acerca de la naturaleza progresiva del cambio, y se plantean las primeras advertencias contra los efectos colaterales del desarrollo.
Siguiendo a Nisbet se puede definir el progreso  como la idea de que la humanidad ha avanzado lenta, gradual, continuamente, desde la condición original de privación cultural, ignorancia e inseguridad hacia niveles cada vez mas altos de civilización, y de que tal avance continuará, a pesar de algunos retrocesos ocasionales, a través del presente hacia el futuro. Es una definición  bastante optimista. A lo largo de la historia, son varias las definiciones dadas de progreso. También está la noción de mejoramiento, valoración de cada estadio consecutivo del proceso como relativamente mejor que su predecesor. Esto último hace que nos demos cuenta de que el progreso siempre es relativo a los valores que se tomen en consideración. No es un concepto puramente descriptivo, distanciado, sino mas bien una categoría evaluativa, de tal manera que el mismo progreso puede ser concebido como progresista o no. Lo que constituye el progreso para unos puede no serlo para otros. O sea ¿progreso para quién?.
Sin embargo, no debemos caer en la trampa del relativismo absoluto. Hay varios grados en que los valores son relativos.  Existen medidas de progreso que son aceptadas como tales por la mayoría de la gente, que pueden tomarse como lo mas parecido a criterios absolutos de progreso, así parece difícil poner en duda que la mayor duración de la vida es algo universalmente deseado. Por otra parte, hay otras áreas en las que los criterios de progreso son muy cuestionables (p.e., la industrialización). También se ha hecho evidente que el progreso en un área puede a menudo acontecer a costa del retroceso de otra (El proceso de transición en la Europa Central y del Este proporciona multitud de ejemplos).
Por tanto, entre los criterios fragmentarios, parciales de progreso (en tanto opuestos a las imágenes utópicas generales) encontramos la salvación, el conocimiento, la comunidad, la libertad (negativa y positiva), la emancipación, el dominio sobre la naturaleza, la justicia, oportunidades vitales ampliamente accesibles. Hay una variedad igual de puntos de vista acerca del mecanismo del progreso. La primera, las fuerzas motrices (o agencias) del progreso. La segunda, tenemos que considerar la forma o el perfil que toma el proceso. Y tercero, tenemos que examinar el modo de operar de un sistema social que produce el progreso.
Al hablar de la agencia del progreso (sus fuerzas motrices) podemos distinguir tres estadios consecutivos en la historia del pensamiento social. Los primeros pensadores localizaban la fuerza motriz del progreso en el dominio sobrenatural (deidades, dioses, providencia, destino), donde la fe en el progreso ordenada desde las alturas, en tanto legado, produjera gratitud humana. Otros pensadores colocaron la agencia en el dominio natural, el progreso era un despliegue natural que demandaba adaptación como reacción humana concebible. Por último los pensadores modernos se inclinan a considerar a los agentes humanos (individuales y colectivos) como productores, constructores, del progreso. La humanización de la agencia conduce a la concepción del progreso como algo que ha de alcanzarse, construirse, desarrollarse, y que requiere por tanto de un esfuerzo creativo.
Por tanto, la diferencia mas fundamental es la que divide la noción de progreso mecánico, automático (en su versión sacralizada o secularizada) de la noción activista del progreso. La primera, postula una agencia (fuerza) extrahumana, la segunda se concentra en la gente y en sus acciones. La primera afirma la necesidad del progreso, la segunda admite la contingencia del progreso (que puede ocurrir, pero que igualmente puede no ocurrir) dependiendo de las acciones que realice la gente. En la primera el progreso acontece, en la segunda el progreso se consigue.
Si consideramos la manera de funcionar del sistema social que da lugar al progreso, aparece otro par de imágenes opuestas. Una (típica de los primeros evolucionistas) enfatiza el despliegue “pacífico”, armonioso de potencialidades progresivas. La otra se centra en las tensiones internas (torcimientos, contradicciones y conflictos) cuya resolución mueve al sistema en la dirección progresiva (el tema maniqueo de la lucha entre las fuerzas del bien y del mal, presente en la dicotomía de San Agustín, La Ciudad del Hombre y la Ciudad de Dios). Esta última la encontramos en el periodo moderno en la dialéctica de Hegel y Marx; en el darwinismo y su lucha por la supervivencia del mas fuerte; también está presente en el psicoanálisis freudiano.
Tras reinar en el pensamiento social durante casi trescientos años, la idea de progreso parece haber entrado en declive durante el siglo XX. Muchos observadores lo denominan el “siglo espantoso”, no ha de sorprender que se haya extendido la desilusión y el desencanto con la idea de progreso, reemplazándola por el concepto de crisis como lema del s. XX. Este pesimismo no se da solo en los países pobres y subdesarrollados sino también en los prósperos de la primera fila. El pensamiento social contemporáneo ha llegado a estar dominado, si no obsesionado, por la idea de la crisis (John Holton). Estamos siendo testigos de una curiosa “normalización de la crisis”.
¿Significa esto que el progreso ha muerto? Existen demasiadas razones para pensar que la idea de progreso es demasiado importante para el pensamiento humano como para eliminarla por las buenas. Está sufriendo un colapso temporal, pero tarde o temprano recuperará su sitio en la imaginación humana. Aunque para salvaguardar la continuación de su viabilidad, necesita ser revisada y reformulada.  
Los enfoques tradicionales, desarrollistas, hablan del progreso como algo inevitable, necesario, debido a leyes inexorables de la evolución o de la historia. Las teorías postdesarrollistas optan por una descripción diferente, posibilista, donde el progreso es tratado como meramente contingente, como una oportunidad abierta para la mejora que no se produce de forma inevitable.  Pero ¿Cuál es la naturaleza esencial de esta fuerza causal, generativa que produce el progreso? Se pueden señalar cuatro respuestas típicas:
1ª la doctrina del “providencialismo” que sitúa la fuerza última, motriz, del progreso (la agencia) en el orden sobrenatural que invoca la intervención de Dios.
2ª la doctrina del “heroísmo” típica de la historiografía tradicional (hermano mayor de la sociología) sitúa la agencia en los talentos excepcionales de los grandes hombres (líderes, profetas, reyes). Este ya es un dominio terreno, pero todavía extrasocial, pues depende de las propensiones genéticas, mas o menos accidentales, de personas individuales.
3ª la doctrina del “organicismo” introduce el componente social, de manera peculiar. Los orígenes del progreso son sociales.
4ª la doctrina del “construccionismo” cambia el énfasis hacia los individuos socializados reales, en sus contextos sociales e históricos presentes, y la fuerza motriz del cambio que se sitúa en sus actividades sociales normales y cotidianas. Algo del progreso resultante es intencionado, pero en su mayor parte es concebido como un resultado involuntario y a menudo no reconocido de los esfuerzos humanos, como el producto de una “mano invisible” (Adam Smith).
Esta propensión puede explicarse como el fruto de dos rasgos fundamentales del mundo humano: la creatividad (innovación) de los actores; y el carácter acumulativo de la experiencia humana transmitida socialmente (culturalmente) en el lapso histórico. Por tanto la fuente principal del progreso se encuentra en la ilimitada creatividad y educabilidad de los seres humanos. El progreso existe, pero con condiciones.
Las condiciones constrictivas naturales, estructurales o históricas, o la eliminación de motivaciones a favor del activismo pueden impedir que florezca la creatividad. De forma parecida, el proceso de acumulación, la transmisión de la tradición, puede quebrarse (tanto en el nivel biográfico como en el histórico: calidad de la familia, escuela u otras instituciones). En tales casos, es mas probable que se produzca estancamiento o regresión que progreso.
Charla de José Antonio Puig Camps, en TYRIUS (Valencia 2 noviembre 2011)

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