jueves, 20 de septiembre de 2012

¿De verdad, queremos ser felices?

Benjamín Franklin decía que la felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.  Esas pequeñas cosas son las que el hombre ha desterrado de su vida, no le da importancia el que cada día pueda ir a trabajar, pueda andar, bañarse, ver, oír, sentir, amar, etc. Solo espera aquello que no tiene, es como el burro con la zanahoria que la lleva atada delante sin poderla nunca coger y sigue y sigue, al no ser consciente, de que esa pequeña distancia, la hace imposible a sus deseos. Pensamos con la mente, esclava ciega de nuestros cinco sentidos, sin darnos cuenta que la felicidad es interior, no exterior; y, como decía Henry Van Dyke, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos.
San Agustín, situó por encima de la teología natural, la teología sobrenatural, situándola fuera del campo de acción de la Filosofía, no estaba por debajo, sino por encima de ésta, y la consideraba su sierva, que la ayudaría en la comprensión de Dios. Dios no está nunca ausente de los asuntos del hombre, aunque con frecuencia no nos damos cuenta de su presencia. La felicidad es una gracia y el hombre es solo el receptáculo de esa gracia, pero no es la gracia en sí. El mundo ha perdido la visión del rostro de Dios y El se revelará de nuevo, quizá con furor, pero, sin duda, también con amor.
Como decía Víctor Hugo  la suprema felicidad de la vida es saber que eres amado por ti mismo o, más exactamente, a pesar de ti mismo y eso es lo que Dios nos regala un amor sin límites, por ser lo que somos e incluso a pesar de nosotros. El es amor, y el amor es la suprema felicidad. Pero ¿hasta que punto estamos preparados para ser felices?, la respuesta posiblemente nos la dio la Madre Teresa de Calcuta, al advertirnos que no debemos permitir que alguien se aleje de nuestra presencia sin sentirse mejor y mas feliz. Si queremos ser felices debemos hacer felices a los que nos rodean, la felicidad no es hacer creer a los demás que somos felices sino en tratar de serlo, en compartir, en ceder, en entregarnos, en ser imagen de Dios.
El hombre jamás será feliz sino deja de ser egoísta, debe sustituir el yo por el tu, por eso me pregunto ¿queremos ser felices?, o tan solo es una representación mas de nuestra vida. ¿Hasta cuanto estamos dispuestos a dar para ser felices?. La naturaleza nos muestra la hermosura de la vida, una planta, un pájaro, un perro o un gato, por poner algún ejemplo, nos muestra que dan sin esperar recibir, no dan importancia a las cosas, quizás es por lo que San Mateo nos dice de que están todos ellos seguros de que el Padre celestial les dará su sustento. Ese vivir así, sin embargo, puede ser mal interpretado,  recuerdo una entrevista al dramaturgo Antonio Gala en la que decía que la felicidad es darse cuenta que nada es demasiado importante. Pero mi pregunta sería si ese “nada” nos lleva realmente a la felicidad, o es otra armadura que el hombre se pone para aislarse mas de los demás, el no querer ver los errores y horrores de la vida, que se cometen cada día, ¿podemos considerarlo como “nada”?. El hombre debe entregarse para ser feliz, debe abrirse a los demás y no debe caer, como dice Jorge L. Borge en el peor pecado que uno puede cometer. No haber sido feliz.
El filosofo Bertrand Russell decía que carecer de algunas de las cosas que uno desea es condición indispensable de la felicidad. Pero tal vez pudiera ser mas acertado decir desprenderse que carecer, pues si tengo algo que deseo y me desprendo de ello por los demás estoy haciendo felices a otros y es entonces cuando mi entrega nos hace a todos mas felices. Vivir para los demás no es solamente una ley de deber, sino también una ley de felicidad. Si nos fijamos en las pequeñas cosas de la vida nos daremos cuenta que para ser feliz solo es necesario sentirnos hijos de Dios, participes de su gracia, y así volver a recuperar la visión del rostro de Dios, que por desgracia tantos han perdido en la actualidad.
Articulo de José Antonio Puig Camps. Blog, julio 2011
Publicado por Jose Antonio Puig Camps

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